Los castigos no sirven para nada

Guillermo Carvajal *

¿Por qué funcionaban los castigos? Porque había una estructura político-socio-psicológica que los sostenía. Esa estructura se acabó. ¿Y cuál era?
Como primera medida, el modelo educativo familiar y escolar que consistía en hacer operativo el principio de “la letra con sangre entra”. Éramos golpeados o violentados por todo, dos veces al día por lo menos. Una porque sí y otra por si acaso. Y con sevicia y excesivo rigor. Eso generaba enorme miedo y gran respeto hacia el castigador, respeto que se generalizaba a cualquier figura de autoridad terminando éstas idealizadas. Era un simple “condicionamiento operante” como el que se hace con el perro al que le dan choques eléctricos cuando se acerca a un trozo de carne. Luego de muchos choques ya el perro no se acerca a la carne, así se muera de hambre.
Por otro lado, Dios nos respiraba en la nuca desde que nacíamos. Todo era pecado mortal y el pánico al infierno era real. Rezábamos para calmar la culpa persecutoria. Este rigor religioso nos detenía con mucha fuerza.
Además, el Gobierno y sus leyes permitían, o no penalizaban, la violencia, siendo ésta corriente y auspiciada por el sistema político; y todos los entes de la cultura estaban de acuerdo con la bondad del sufrimiento para educar.
Todo cambió. Los niños no son hoy educados en la violencia porque hay un mandato colectivo que ya se instaló en la mente de casi todos los adultos sobre que el sufrimiento no educa y es maligno para formar demócratas; es decir, seres libres, independientes, justos, críticos, responsables de sí mismos, con alto sentido de la igualdad y la inclusión, creativos y espontáneos. La política democrática obligó a hacer leyes antimaltrato, penalizando en materia grave al adulto que las infrinja. Cultura, Estado y ley se pusieron de acuerdo en esto y se generó un “nuevo estado mental social” conducente a rechazar el ver sufrir a los niños.
Y Dios desapareció del contexto punitivo; ya no es operativo como amenaza irreductible y pecado e infierno ya no funcionan en la mente de nuestros niños.
Por lo tanto el castigo de cualquier índole ya no genera temor, sometimiento al maltratador e idealización del mismo, sino rabia, resentimiento, certeza de injusticia, deseos de venganza y con mucha frecuencia retaliación violenta de los menores, en particular de los adolescentes. Por lo tanto castigar es inoperante, produciendo el efecto contrario al buscado.
Pero los adultos reclaman que no les dieron el nuevo manual para instalar reglas de comportamiento y conducir a hijos y educandos a admitir y asumir nuestros ideales de convivencia y sobrevivencia sin tener que violentarlos. Sólo les han dicho que deben dialogar, ponerse en el mismo plano que los menores y no por encima, conciliar buscando la reparación y no el castigo, y hacer manuales de comportamiento consensuados, elaborando contratos cuasilegales para todo; y a olvidarse de cualquier forma de maltrato no vaya y los niños de ocho años llamen a la Policía o busquen a la comisaría y al ICBF para denunciarlos.
Por lo tanto, queridos lectores: a guardar el rejo y a desempolvar el amor.
* Médico, psicoanalista con más de 30 años de experiencia en adolescentes.

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